Ser curioso no mata

Que levante la mano quien se haya sentido bien el día que le llamaron curioso. Pocos lo harán. Hemos aprendido que tiene una connotación negativa. “¡No seas curioso!” Es una de las primeras reprimendas que recibimos justamente en la edad en que más lo somos. La preocupación de los padres es inculcarnos desde temprano –y con razón- que no es correcto indagar en aspectos privados de la vida de otros.

Una fortaleza mal empleada puede llevarnos al lado oscuro: La curiosidad mal dirigida está asociada no sólo a la impertinencia, la mala educación o al chisme, sino a sentimientos mezquinos como la envidia y la avaricia.

Lo bueno es saber que este impulso natural –basta ver a los bebés cuando exploran el mundo que les rodea- bien orientado, puede ser una fuente constante de bienestar, pues es la motivación interna que nos mueve a explorar y a aprender.

No se trata de inquirir por mera impertinencia, como la tía que pregunta cuándo te vas a casar o por qué no has tenido tu primer hijo. Tener curiosidad es preguntarse el por qué de las cosas, pero con el fin de ampliar nuestra perspectiva. Esto nos hace menos prejuiciosos y es una herramienta para desarrollar nuestra creatividad.

La curiosidad también nos permite ser más agradecidos. No sólo adquirimos conocimiento, lo cual es valioso por sí mismo, sino que al tratar de conocer el proceso, seguro entendemos el esfuerzo que fue necesario para que algo determinado llegue a nuestras manos y podemos darle su justo valor. Si somos inteligentes, no nos quedará otra que dar gracias.

Hay personas curiosas por naturaleza. Es fácil identificarlas: para ellas siempre hay algo que sobresale en un día o en un contexto perfectamente normal para el resto. Algo logra llamar su interés, ya sea para indagar más o tan solo para maravillarse de su existencia.

También son los primeros que se apuntan a cursos o nuevas experiencias, ya sea relacionadas con un área concreta que les fascine o diametralmente opuestas entre sí. La premisa es la novedad. Es el proceso el que les aporta bienestar y no necesariamente los resultados (al contrario de lo que ocurre cuando algo se hace sólo por dinero o algún otro beneficio).

Una persona curiosa no tiene miedo a cambiar sus esquemas mentales. Y pocas veces se aburre.

Pero no todos nacen con complejo de Sherlock Holmes. Quienes no tienen la curiosidad entre sus rasgos característicos, deben recordar que esta, como cualquiera de las otras fortalezas del carácter, es cultivable. Puede ser intelectual o sensorial: la idea es ponerse en contacto con algo nuevo.

Si alguien desea despertar su curiosidad puede comenzar por trazarse el objetivo de aprender algo nuevo, de ser posible, cada día. Al principio requerirá concentración, pero luego se convertirá en un hábito. El mundo a descubrir puede ser la naturaleza, un sabor, una ruta distinta para llegar al trabajo, la literatura, un estilo de música diferente, el cuerpo de su pareja, etc. Puede ser retomar el hobby que dejó hace tiempo o empezar por algo tan sencillo como hacer una búsqueda en Internet y dejarse llevar…

Todo parece resumirse en dejarse llevar: No poner otro límite a los sentidos que no sea el respeto a uno mismo y a los demás.

Solemos decir que la curiosidad mató al gato. Sin embargo, este proverbio inglés decía originalmente: “Care killed the cat”, refiriéndose a que la cautela es la que puede matar. ¡Así que mejor será atreverse a curiosear!

 

 

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